domingo, 5 de diciembre de 2010
Historias de viajes
Empiezo a escribir esto en la terminal T4 del aeropuerto de Barajas, un domingo por la noche que cierra una semana de aventuras viajeras mientras espero que nos llamen a embarcar, camino de Lyon, aunque ya nos han anunciado un retraso de hora y media por la llegada tardía de la tripulación, que viene en otro vuelo.
Creía que la anulación del vuelo de vuelta, hace unas cuantas semanas, obligándome a pernoctar en el hotel del aeropuerto de Lyon, había sido el incidente destacado de mis viajes durante este año.
Hago una media de al menos cuarenta viajes al año desde 2001 y apenas he tenido incidentes que destacar, una anulación hace muchos años y algún episodio de turbulencias eran los mas llamativos.
Primera parte: Nieva sobre Lyon
El pasado martes, mientras comía una pieza de buey en el restaurante junto a la oficina, cerca de Lyon, ví cómo arreciaba la nevada que había empezado a caer al llegar y empecé a preocuparme.
Al volver a mi despacho llamé al taxista y adelanté media hora la cita que teníamos para que me llevara al aeropuerto.
Cuando dieron las 18h00 me planté en la recepción del recinto, sacudiéndome la nieve, dispuesto a subirme al taxi y salir pitando hacia el aeropuerto.
La autopista del Sur, que pasa justo por delante, estaba atascada. La gruesa capa de nieve que ya se había formado dificultaba la circulación.
Media hora más tarde, Eveline, la recepcionista, recibe una llamada de Geoffray, el taxista, que le anuncia que no será él, sino Olivier, quien me recoja, y que llegará con algo de retraso por los atascos.
Tras comprobar que el avión que me tenía que llevar a casa había salido con una hora de retraso de Madrid, a las 19h10, pude subirme al taxi de Olivier, que llevaba llevaba dos horas metido en un atasco.
Tardamos casi dos horas en llegar al aeropuerto, Olivier buscando el camino más despejado posible, usando el arcén cuando podía, y yo consultando por internet el estado del vuelo de venida y rezando para que tuviera el mayor retraso posible y me diera tiempo a embarcar.
Poco antes de llegar comprobé que el vuelo había sido desviado a Toulouse porque el aeropuerto de Lyon estaba cerrado.
Olivier me esperó para llevarle de regreso a Lyon y yo me acerqué a confirmar que en el aeropuerto no podían resolver nada porque no sabían cuando iba a reabrirse.
Estábamos en la semana de Pollutec, la feria más importante del año en Lyon. Todos los hoteles de Lyon y alrededores estaban completos desde hacía varias semanas. Seguía nevando y yo me encontraba en el desamparo más absoluto.
En el camino de vuelta empecé a buscar teléfonos de hoteles por internet y llamé a unos cincuenta, incluido el que uso habitualmente, sin éxito.
Temiendo que, como solución de emergencia iba a tener que pasar la noche en algún bar de los que abren hasta muy tarde, aunque las copas de las señoritas fueran muy caras, me bajé del taxi delante de mi hotel habitual, viendo partir a Olivier con una preocupación doble, por mi suerte y por su regreso a casa.
Eran casi las once de la noche. Cuando ví a Stephanie, la responsable de Recepción, me animé un poco, porque me conoce bién y hace unos meses me entregó ella directamente la tarjeta de cliente preferente.
Tras escuchar mis desventuras, pese a que el hotel estaba completo, acabó adjudicándome una habitación de alguno de los clientes a los que todavía esperaban diciéndome: "no hay nada disponible, pero, no le iba a dejar en la puerta".
Aquél fué uno de los mejores momentos del viaje.
A la mañana siguiente pasé buena parte de la mañana en la habitación del hotel buscando una forma de volver a Madrid apoyándome en Internet y en contacto con mi agencia de viajes.
Me consiguieron un vuelo desde París, pero había que llegar allí a tiempo, de modo que salí pitando hacia la estación del tren.
Normalmente el camino del hotel a la estación se recorre a pié en 20 minutos, pero con las calles llenas de nieve, el suelo resbaladizo y la maleta a cuestas, aquél récord era una entelequia.
Al llegar a la estación, todavía había que sacar un billete y subir al tren de las doce, el único que me garantizaba el enlace en París.
Llegué con apenas quince minutos de margen y me fuí directo a las máquinas automáticas, donde comprobé con desolación que todos los trenes estaban llenos hasta las cuatro de la tarde.
Compré el billete, para tener algo, y me fuí al andén dispuesto a colarme en el tren de las doce por cualquier medio.
Un rato después, no solo estaba a bordo, sino que había conseguido un asiento para pasar las dos horas de trayecto instalado cómodamente y navegando por Internet. En realidad, la mayoría del pasaje estaba en la misma situación que yo, era gente agobiada intentando escapar de Lyon por cualquier medio.
Volví a casa con un día de retraso, tras haber reciclado alguna muda, y pensando en que al día siguiente, debía volver a París para una reunión importante.
Segunda parte: Vuelo cerrado
El jueves, a las 5 de la tarde, estoy en Barajas dispuesto a hacer la facturación para el vuelo de París, con billete de Air France aunque el vuelo lo opera Air Europa.
Aglomeraciones frente a los mostradores de facturación. Me dirijo a la fila reservada a los poseedores de tarjeta "Frecuencia Gorda" y, en cinco minutos, me indican que tengo que ir al mostrador de Air Europa. Allí la fila de los privilegiados es un poco mas larga, me toca esperar más de un cuarto de hora. Cuando llego al mostrador oigo, incrédulo, que el vuelo ya está cerrado. Protesto indicando que llevo casi 20 minutos en la fila y no han avisado y la señora del mostrador, muy ofendida, me dice que ella no miente y que ha avisado cuando faltaban 50 minutos. Observo con claridad que ya ha tomado partido y no va a hacer nada por mí, de modo que me dirijo a la oficina de información de Air Europa donde me dicen que, como mi billete es de Air France, tengo que ir allí. En la oficina de Air France hay una muchedumbre tratando de resolver sus problemas, provocados por las anulaciones y retrasos provocados por el mal tiempo desde dos días antes. La fila prioritaria reservada a los viajeros frecuentes tiene al menos 15 personas. Ante la imposibilidad de llegar a hablar con alguien antes de la salida de mi vuelo, llamo a la agencia de viajes que me muestra su impotencia. Me dirijo de nuevo al mostrador de facturación de clientes fieles de Air France, donde hay una señorita que no está atendiendo a nadie en este momento y le cuento mis penas. Para mi agradable sorpresa, me dice que va a hablar con su jefe a ver lo que puede hacer. Tras unos interminables minutos, sale del despacho de información de Air France para decirme que no puede hacer nada, que me lo tiene que resolver Air Europa puesto que yo había facturado y perdido el vuelo y que de todas formas no hay una sola plaza libre en los vuelos a París en los tres días siguientes.
Cazando al vuelo las palabras de la amable empleada, empiezo a pensar que quizás todavía tengo una ligerísima esperanza si mi intento de sacar la tarjeta de embarque por internet, que se saldó con un mensaje de error y una indicación de dirigirme al mostrador de facturación hubiera, por casualidad, dejado mi billete en estado "facturado". Rápidamente me dirijo de nuevo al mostrador de facturación de Air Europa, a la chica de al lado de mi "enemiga" y le explico que quizás esté facturado y sölo me falte imprimir la tarjeta. Ella mira en su ordenador y ¡bingo! me imprime la tarjeta y me dice que vaya corriendo porque acaban de iniciar el embarque. Una carrera por el aeropuerto, colándome en el control de equipajes por delante de los demás viajeros, me permite llegar, sudado y jadeante, a la puerta de embarque con tiempo suficiente para tomar un vuelo que ya daba por perdido.
En ese momento, ingenuo de mí, me creía un afortunado.
Tercera parte: Los Controladores cierran el espacio aéreo español
Al día siguiente, viernes, tras haber participado en una reunión importante para mí, llego al aeropuerto Charles De Gaulle de París con el tiempo justo para tomar una cerveza en el Salón VIP y salir hacia Madrid, de vuelta casa con la intención de disfrutar de la fiesta que cada viernes organizamos con los amigos tras las clases de baile, a las que no me da tiempo a llegar.
Todo parece transcurrir normalmente, el vuelo de Barcelona, de la misma hora que el mío, sale puntualmente. Mientras espero en el Salón, me conecto a Twitter con mi iPad y veo que el aeropuerto de Palma de Mallorca está cerrado por un conflicto de los controladores aéreos. Poco después anuncian un retraso en mi vuelo, mientras leo en Twitter que los controladores de Madrid también están empezando a movilizarse. Finalmente mi vuelo es cancelado. Yo quiero volver a casa para descansar y preparar mi equipaje para cuatro días de viaje a Lyon, a partir del domingo por la noche. El servicio meteorológico anuncia para la próxima madrugada lluvia y hielo en las carreteras alrededor de París. El tren París - Madrid ha salido hace unos minutos de la estación de Austerlitz. La única alternativa razonable, mientras empiezo a pensar en alquilar un coche y salir pitando hacia Madrid, es cambiar mi vuelo por otro hacia Barcelona que parece estar operativo y sale dentro de una hora. En el Salón VIP de Air France me cambian la tarjeta de embarque mientras compruebo en mi iPad los horarios del AVE Barcelona - Madrid en la mañana del sábado.
Estoy contento por haberme adelantado a los demás y orgulloso de mi astucia y manejo de los secretos del aeropuerto cuando anuncian el cierre de todo el espacio aéreo de España y la consiguiente cancelación de mi vuelo a Barcelona. Nos piden salir de nuevo a la zona de facturación para que nos den una habitación en un hotel y nos intenten acoplar en algún vuelo al día siguiente. Viendo las escasas posibilidades de viajar el sábado, tomo la única alternativa que me queda para llegar a casa el sábado: un coche de alquiler y viajar toda la noche.
Recorro varias oficinas de alquiler hasta encontrar una que tiene vehículos disponibles para devolver en Madrid, al precio algo abusivo de más de 700 euros y, por fín, a las 20h30, me encuentro al volante de un coche saliendo del aparcamiento del aeropuerto, con unas vagas indicaciones del agente de la oficina y mi iPad y mi teléfono-punto de acceso WIFI improvisado, con algo de batería restante para orientarme en el camino hacia España.
Me resulta fácil llegar al Periférico de París, pero me cuesta dos equivocaciones encontrar la salida adecuada del mismo y la bifurcación correcta más adelante para llegar a la carreta de Orleans, Poitiers, Burdeos y finalmente Biarritz junto a la frontera española.
Al empezar el camino me encuentro bien despierto y decido, para mantenerme así lo máximo posible, comprar unas coca-colas y unos frutos secos y racionarlo al ritmo de un trago de coca cola cada 15 minutos y un puñado de frutos secos cada media hora. De ese modo podré mantener mis energías sin dormirme.
La otra preocupación del viaje son las condiciones climatológicas. Trato de apresurarme para evitar la lluvia helada anunciada para la madrugada. La temperatura exterior será de -2 a -4 grados durante todo el trayecto por Francia, llegando a los 10 bajo cero en algunos puntos de España.
A las diez menos cuarto de la mañana, cuando aparcaba delante de la puerta de casa en Leganés, pensaba que, aunque extravagante, la decisión había sido la correcta.
Y cuando empezaba a escribir esta historia, pasada ya la huelga encubierta de controladores, declarado el estado de Alarma que los obligó a volver al trabajo, me sentía feliz de tener únicamente dos horas de retraso y poder terminar mi secuencia de viajes consecutivos cumpliendo mis objetivos profesionales de este mes.
Pero me ha quedado una ansiedad crónica ante los viajes en avión que espero se pase pronto, porque todavía me quedan muchos por hacer en los próximos años.
jueves, 29 de octubre de 2009
Viaje a las Arribes del Duero, Zamora y El Bierzo. Segunda parte: Las Arribes del Duero
El otro día decía uno en Twitter: Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro. Creo que era una frase de algún famoso, pero a la vista de lo que descubro en las Arribes del Duero, sería aplicable a lo que yo conozco de España.
Vivir en un lugar como Aldeadávila significa varias cosas:
- Por un lado formas parte de la España Rural, ésa que vive en el campo y contribuye a conservar la naturaleza, tanto su existencia como su conocimiento.
- Por otro, tienes la suerte de albergar en tu ciudad una actividad económica que contribuye económicamente al sostenimiento de la zona, la mayor central hidroeléctrica de España y una de las mayores de Europa, con una capacidad de producción equivalente a la de una central nuclear.
- Además, al estar en la frontera con Portugal, tienes un punto de vista más amplio sobre la vida de lo que solemos tener los demás, que tendemos a mirarnos al ombligo con mucha frecuencia.
- Y sobre todo, disfrutas cerca de tu casa de algunos de los parajes naturales más impresionantes de España, incluyendo un gran río, unos acantilados sobre el mismo que quitan la respiración, una fauna en libertad que para los urbanitas sólo son una fotografía o una imagen detrás de unos barrotes o un foso en el zoo.
Pero para mí, el vértigo de la vista del río desde los miradores de la presa, o el del fraile, o la sorpresa del paso de un inmenso buitre leonado a pocos metros de nuestra cabeza, que parecía que iba a llevarnos por los aires como si fuéramos su almuerzo del día, o el sobresalto de encontrar una víbora de unos 70 centímetros, con su cabeza triangular, más asustada que nosotros al vernos pasar junto a ella para entrar en el mirador del fraile, o la emoción compartida con una clase de cuarto de ESO completa al ver desde el barco a un cormorán volar a ras del agua pescando su comida del día, para mí, urbanita empedernido, es como un viaje iniciático a la naturaleza, a lo desconocido, a un pasado remoto.
Todo eso sin mencionar el descubrimiento de la gama de colores del otoño en la naturaleza, cuando los árboles nos enseñan en sus copas cuántos matices pueden tener el amarillo, el marrón o el rojo, para transitar desde el verde de la hoja que nace en primavera al ocre de la que muere pisoteada en otoño
Y recomiendo esta experiencia a todos los que pasais vuestro tiempo entre el metro y la oficina, entre el autobús y la escuela o la universidad, sin ver día a día más que hormigón, coches y asfalto, y llegais a creer que los árboles son una cosa que sale de agujeros en las aceras.
Las Arribes del Duero es uno de los mejores lugares para acercarse a la naturaleza, venid aquí, no lo dudeis.
miércoles, 28 de octubre de 2009
Viaje a las Arribes del Duero, Zamora y El Bierzo. Primera parte: El viaje tecnológico
Si además eliges como destino el noroeste del antiguo reino de León, la tranquilidad está asegurada.
Los trabajos de preparación para organizar un viaje hoy son muy diferentes de lo que teníamos que hacer veinte años atrás.
En primer lugar, la información, que antes había que buscar en oficinas de turismo, libros guía y el mapa oficial de carreteras, ahora se busca desde casa o la oficina por internet.
Las reservas de hoteles se hacen por internet también.
En mi caso, para orientarme en la reserva de Zamora, llamé, cuando me dirigía andando por la calle camino del restaurante a la hora de la comida, a un amigo de la zona que me recomendó varios hoteles y restaurantes. Localicé el teléfono del parador de Zamora, que era la primera opción, desde el móvil y el servicio de información me envió el número mediante un mensaje corto.
Cuando me senté en la mesa ya estaba hablando con el servicio de reservas y antes de que me sirvieran la cerveza ya tenía mi reserva hecha.
Nuestro primer destino era una casa rural en un barrio del pueblo de Aldeadávila. Sin haber mirado una sola vez el mapa de carreteras, antes de salir, programé el navegador de mi coche que empezó inmediatamente a darme instrucciones para llegar a mi destino por el camino más corto.
Por el camino decidimos comer en Salamanca. ¿Dónde? El Tom Tom se encargó de indicarnos algunos restaurantes en la zona, llamamos por el teléfono móvil (conectado en bluetooth) y confirmamos que abrían los lunes.
Tras la comida, al llegar a la casa rural, nos recomendaron varios miradores para disfrutar de las mejores vistas de los cañones del Duero y la impresionante presa de Aldeadávila. Los caminos de ida y vuelta a todos ellos los hicimos sin sobresaltos, como si nos acompañara un amigo del lugar, aunque con la ventaja de que no se enfadaba cada vez que me equivocaba de camino, se limitaba a recalcular la ruta y seguir dando las instrucciones con toda amabilidad.
Llegando a Zamora recordé que mi amigo había hablado de un restaurante interesante junto a un molino de agua en el río y le llamé para pedirle el nombre (Las Aceñas, muy recomendable) El resto del relato tecnológico os lo ahorro, sólo os diré que el pescado que nos sirvieron estaba de rechupete, el precio muy razonable y las vistas soberbias.
Movernos por cualquiera de las zonas, ya sean urbanas o rurales, cuando vamos a pié, tampoco tiene ningún misterio, el teléfono móvil con GPS y Google Maps te dice dónde estás, dónde están los restaurantes, parkings, monumentos, o lo que sea.
Publicamos las fotos que vamos haciendo sobre la marcha y nuestros amigos las pueden ver desde su casa o su lugar de trabajo casi al mismo tiempo que las hacemos.
Mientras estaba de viaje, aprovechando algunos ratos de descanso, he debatido con interlocutores de todo el mundo sobre temas políticos o deportivos, he validado el viaje de un colaborador o participado en el lanzamiento de una iniciativa solidaria de un grupo de amigos para luchar contra el hambre en el mundo. Todo ello desde mi ordenador portátil, que se conecta desde cualquier lugar de España mediante una conexión por radio, sin cables.
Y este relato del viaje queda inmediatamente a disposición del mundo entero.
Aunque sólo lo leereis unos pocos incondicionales o despistados.
Si hace veinte años hubiera leído un relato similar, habría pensado que el autor, sin duda escritor de ciencia ficción, tenía una imaginación impresionante.
A veces da vértigo mirar hacia atrás, incluso sin alejarnos mucho. El salto ¿hacia arriba? ha sido verdaderamente impresionante.
Me gusta vivir esta época.
lunes, 10 de agosto de 2009
Navegando por el Egeo
Dice nuestro capitán, Giorgos, que para llevar el timón del barco hay que sentir que uno está bailando con las olas.
Ésa es la sensación que se tiene en algunos momentos, cuando navegamos junto a la costa protegidos del viento, todo es suave y de lo único que tenemos que preocuparnos es de adivinar la dirección del próximo cambio de posición del barco para anticiparnos a él y hacer la corrección que nos mantenga en nuestro rumbo. Es fácil, al cabo de unos cuantos errores, empezamos a sentir al barco y pensamos que ésto de navegar, al fín y al cabo no es tan difícil.
Más tarde, cuando salimos a mar abierto, el mar se muestra con toda su intensidad. Navegamos con viento de 15 nudos, llegando en algunos momentos a los 20, que nos entra en oblícuo desde adelante a la izquierda.
Ahora toma más sentido la afirmación de Giorgos, pero la sensación es la de estar bailando un violento rock and roll acrobático, con el mar haciendo dar saltos al velero como si fuera su chica, ésa que ha elegido chiquitita y muy ágil para que le resulte más fácil hacerla girar, darle una vuelta alrededor de sí mísmo y hacerla pasar sobre su cabeza y caer en picado, sacándola por entre sus piernas para volver a empezar.
Aunque en algunos momentos, lo que se siente se parece más a montar un caballo salvaje al que estamos tratando de domar.
Al principio llevábamos el timón, una rueda vertical de casi un metro de diámetro, con las dos manos, asegurando el equilibrio con las piernas bien abiertas.
Ahora, necesitamos aplicar toda nuestra energía a mantener nuestra posición frente al timón. Las piernas bien abiertas y ligeramente flexionadas para reaccionar con rapidez ante los movimientos de coctelera del barco, una mano sujeta fuertemente a uno de los asideros, y la otra mano libre para gobernar el timón.
En esta posición, de pié, dominando con la vista toda la cubierta, el punto lejano que nos sirve de referencia para mantener el rumbo, y las olas que vienen hacia nosotros desde la izquierda, uno se siente poderoso, ingénuamente poderoso. El mar se encarga de vez en cuando, con un fuerte empujón que nos hace saltar y perder la posición delante del timón, bamboleándonos como si fuéramos una bandera que ondea sobre el asidero, que ese poder que sentimos, en realidad es prestado, tiene su orígen en el mar que es su verdadero propietario, y únicamente lo podremos disfrutar mientras mantengamos nuestro respeto a ése, su legítimo dueño salado e inmenso.
Aunque no se cuente el lirismo entre mis cualidades personales, es imposible describir la experiencia de navegar gobernando el barco sin recurrir a él, aunque sea con esta torpeza que me caracteriza.
La llegada a una bahía y el baño solitario en unas aguas transparentes pone colofón a una jornada inolvidable
viernes, 7 de agosto de 2009
Noche de Luna llena en la Acrópolis
Cuando llega el plenilunio, una vez al mes, los atenienses abren la Acrópolis a todos los visitante para que, de modo gratuito, puedan disfrutar de la magia de ese lugar con la única iluminación de la Luna llena, desde las nueve de la noche hasta las dos de la madrugada.
En esta ocasión había un aliciente añadido, al coincidir con una conjunción de Júpiter con la Luna para realzar el espectáculo.
La calle Dionisos Areopagitu y la subida a la entrada de la Acrópolis, eran un reguero de gente en ambas direcciones.
El interés del evento, pese a la larga cuesta que hay que superar para llegar a la explanada de la Acrópolis, congregó a una gran cantidad de personas.
El recinto estaba a oscuras, con la iluminación mínima para evitar accidentes en los puntos más delicados.
La magia del lugar, la ausencia de luz artificial y la presencia de la Luna con Júpiter junto a ella parecía incitar a la gente al recogimiento. El silencio reinaba frente al Partenón, cuya paz únicamente parecía turbarse con los flashes de las cámaras de fotos.
Salvo unos pocos privilegiados, provistos de trípode y cámara sofisticada, así como de los conocimientos necesarios para manejar manualmente las sensibilidades, y tiempos de exposición de sus cámaras, la mayoría de la gente únicamente pudo arrancar al embrujo de la noche ateniense un retrato con fondo invisible.
Por mi parte, a falta de trípode, traté de jugar con los ajustes de la cámara y el apoyo de alguna piedra para capturar en la pantalla la imagen del Partenón, ténuamente iluminado, con la Luna y Júpiter contemplándolo desde un cielo salpicado de nubes.
El resultado se podrá ver más adelante, cuando, de regreso a casa, pueda extraer las fotos de una cámara demasiado moderna para el viejo Windows 2000 de mi portátil.
Tras el obligado tributo a la inmortalización en imágenes de las experiencias viajeras, pasé a vivir la experiencia propiamente dicha, sin intermediarios tecnológicos.
Momento difícil de describir, en la oscuridad de la Acrópolis, a solas con las viejas piedras evocadoras de unos mitos sobre la democracia algo exagerados, lo reconozco, pero muy arraigados en mí por haberlos interiorizado siendo muy jóven.
La contemplación de la belleza producida por la lenta y progresiva iluminación de los monumentos, como punto final de la fiesta del plenilunio, cerró una noche intensa en emociones.
A la salida, no pudimos evitar un sentimiento de pena al observar a tres muchachas que no pudieron entrar por llegar justo después del cierre de puertas, cuando aún la Acrópolis estaba llena de gente.
Tendrán que esperar al siguiente plenilunio, o tal vez mucho más ...
La Acrópolis de Atenas
Hoy nos hemos levantado temprano para demostrar que nos tomábamos en serio la visita a la Acrópolis.
Tan temprano que antes de las nueve ya estábamos en las taquillas de la entrada y, enseguida, dentro del primer recinto leyendo la información sobre el templo de Dionisos, quizás lo más apropiado para nuestro carácter como toma de contacto con este lugar, cuna de la cultura occidental.
Antes de subir a la impresionante explanada de la Acrópolis hemos saboreado de cerca el teatro griego desde las gradas del anfiteatro situado a los pies de la muralla, del que se conserva la parte baja de las gradas, la orquesta, y algunos frisos del escenario.
También se conservan, allá arriba, ya pegadas a la muralla, las dos columnas que marcaban la parte alta de las gradas, que en su momento acogían a quince mil personas.
Continuando con el camino de subida, y tras pasar el control de la segunda verja, llegamos a la puerta de entrada a la explanada superiór de la Acrópolis, a la que se llega subiendo una empinada escalinata que deja a la derecha el templo en restauración (de la lamentable restauración anterior) dedicado a Atenea Nicea, la de la victoria, a la que esculpieron sin alas para evitar que se marchara de la ciudad.
Ya este paso impresiona al visitante y le hace sentirse insignificante, pero al traspasar la puerta llega la impresión fuerte al encontrarse cara a cara con la fachada occidental del Partenón.
Ni los andamios y maquinaria de construcción, ni el deterioro del monumento nos impiden experimentar una emoción muy fuerte, al encontrarnos con esas piedras que vieron a tantos hombres cuyos nombres nos resultan míticos al tiempo que nos invade una gran admiración por los diseñadores y constructores de semejante maravilla.
Uno tiene pocas veces la oportunidad de encontrarse por primera vez delante de un monumento que, sin haberlo visto nunca, nos resulta archifamiliar de tanto haber leido sobre él y haber visto fotografías o grabados.
Sucede pocas veces en la vida, y hay que disfrutarlo como se merece, reposadamente, sin prisas.
Tras el encuentro inicial y la experiencia casi personal con uno de los iconos de nuestra infancia, descubrimos el resto, lo que no conocíamos ni habíamos imaginado antes.
En primer lugar, es sorprendente la ubicación de la Acrópolis, en una meseta amplia, protegida del exterior por una altísima muralla que desde el interior se percibe como una barandilla protectora de apenas metro y medio en su punto más elevado.
Desde aquí se domina el panorama de la ciudad de Atenas, que nos rodea ocupando los 360º alrededor con sus cuatro millones de habitantes. Panorama que, en el siglo 5 AC, en los tiempos de Pericles, debía ser muy distinto, sin los edificios actuales, que entonces serían campos, cultivados y en barbecho, y sin duda algunas encinas, robles, olivos y quizás pinos.
Todo ello unos cien metros más abajo.
La sensación que se tiene recuerda el clima que se creaba en las catedrales góticas, donde su enorme altura, contemplada desde abajo, pretendía impresionar a los visitantes con la omnipotencia divina.
Aquí, la sensación es similar, pero se invierten los papeles, haciendo al visitante experimentar la omnipotencia del que observa al resto del mundo desde la altura, tanto física como artística, que nos proporciona nuestra presencia en la Acrópolis.
Hay otro monumento importante en este recinto, el Erecteión, que muchos conocemos por las cariátides, y que entre otras curiosidades importantes, incluye la solución dada por el arquitecto a su edificación en un terreno con diferentes alturas, salvadas, con una inteligente dosis de equilibrio, como todo el arte griego clásico, mediante tres cuerpos de edificio diferentes, todos formando una unidad.
Pero todo lo que podamos ver, tanto en lo relativo a los monumentos, como en lo tocante a los colosales trabajos de restauración en curso, queda eclipsado por la sensación de poderío y elevación que indico anteriormente.
Tras la visita a la Acrópolis es muy recomendable seguir nuestro ejemplo y complementarla con un recorrido por el recien inaugurado museo de la Acrópolis, siutado junto al camino de acceso a aquélla, en la calle de Dionisos Areópago, donde las autoridades griegas han dispuesto, en su planta superior, un marco a tamaño real en el que se exponen las piezas existentes en su poder de las esculturas que componían los frisos oriental y occidental del Partenón, así como de las metopas de sus cuatro fachadas.
Es de destacar que junto a las piezas existentes, han reservado el hueco correspondiente para las piezas restantes, en poder de los paises que expoliaron dichas maravillas artísiticas, y que se exponen actualmente sobre todo en los museos del Reino Unido y Francia.
También merecen nuestra atención las cariátides del templo Erecteión, que contemplamos en la primera planta del museo.
Si los elementos lo permiten, esta noche completaremos nuestra experiencia ateniense con una visita nocturna a la Acrópolis, aprovechando que, con motivo de la luna llena, el recinto estará abierto y con libre acceso desde las nueve hasta la una de la madrugada. Hoy, además con el incentivo adicional de la conjunción de la Luna con Júpiter
